Un camino hacia el pensamiento crítico y la libertad

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Afirma Bertrand Russell que la adquisición de «conocimiento inútil» fomenta el hábito de la contemplación y, a través del mismo, el individuo puede resguardarse del desatino, las decisiones impulsivas, y el excesivo amor al poder, mientras mantiene la serenidad y la paz de espíritu ante la adversidad y el infortunio. Adicionalmente creo que a través de la contemplación nos podemos habituar a indagar en nuestro intelecto y elaborar análisis complejos con múltiples variables y puntos de vista, lo que inevitablemente dota de flexibilidad a nuestro razonamiento, y nos aparta de los dogmas y las opiniones radicales.

Cavaleiro Seacliffs

La educación, que Russell identifica como catalizador del viaje hacia la contemplación y que, según él, debiera fomentar tanto el conocimiento inútil como el conocimiento útil o técnico, también actúa como atemperante de los instintos innobles del ser humano. No obstante, no es infrecuente que nos encontremos a personas con un nivel de educación muy por encima de la media y que, simultáneamente, expresan posturas ideológicas radicales e intransigentes -un subconjunto de actitudes innobles- con aquellas ideas que puedan ser aparentemente contrarias a su propias convicciones.

Vitruvio Da Vinci

En la sociedad actual la comunicación interpersonal a menudo se encuentra muy enlatada, hace uso de clichés y, en ocasiones, en el fragor se puede ganar una dialéctica por saturación. Al fin y al cabo, estamos en la época de esplendor de los memes de internet (que son un subconjunto de la definición original de meme que hizo Richard Dawkins en su libro «El gen egoísta«, y cuya raíz es el término latino mimema). Así, con internet en la palma de nuestra mano, en cualquier lugar y momento tenemos acceso inmediato a un sinfín de fuentes de información -algunas legítimas y otras completamente espurias, pero ese pequeño detalle… ¡a quién le importa!-. Y siempre hay una cantidad de estudios aparentemente respetables que cimentan nuestra opinión, aunque también haya una cantidad equivalente de artículos que respalden justo la opuesta -un hecho que, convenientemente, ignoraremos. Frecuentemente la fuente fidedigna o autoritativa de información está oculta o su importancia se diluye en el maremágnum.

Contemplating Manhattan

Un ejemplo de lo anterior es el famoso y viral meme de Karl Popper de «La paradoja de la intolerancia«, donde se muestra que la sociedad no puede ser tolerante con los nazis -con lo que estoy de acuerdo-. Pero Popper no dijo exactamente eso, sino que la sociedad debería prohibir a los intolerantes que, a su juicio, son todos aquellos que usan como argumento la violencia. Por tanto, el meme es incompleto y se ha usado de forma sesgada y torticera. En la práctica, los regímenes comunistas también han sido extremadamente intolerantes y violentos -véase la represión opositores políticos, los intelectuales, líderes religiosos, colectivo LGBT… en la URSS, Venezuela, China o Cuba (el día que abramos el melón acerca de lo que opinaba el Che Guevara sobre los LGBT… igual volvemos a ver el final de Mars Attack en el desfile del orgullo. Pregúntenle a Reinaldo Arenas si no).

Existen, asimismo, intolerancias basadas en la religión (fundamentalismos islámicos, católicos, hindúes, y hasta budistas -sí, budistas, cucha tú, quizá no te lo esperabas. Que te crees que todo lo que importa es la reencarnación del conejo en un pollo, los midiclorianos, Martes Lobsang Rampa y no sé qué cosas espirituales más. Que los monjes de Shaolín le daban hostias hasta al que les traía el agua pero sólo era por adquirir disciplina. Del sistema de castas en el Tibet hablaremos en otra ocasión).

sandclock dry bush

La sublimación de la paradoja de la intolerancia es, precisamente, la intolerancia manifiesta -e incluso agresiva- de personas que se arrogan con gallardía ser los adalides de la tolerancia y el progresismo social. Algunos integrantes de corrientes progresistas y comunidades «vulnerables» se convierten en extremadamente intolerantes al interlocutar con puntos de vista que difieren de su línea argumental. Sus comportamientos tribales -y de poca altura emocional- resultan dantescos de contemplar. E. g., la reciente ola de vandalismo orquestada hacia los vehículos Tesla es un viaje astral alucinante: de ser alabados hasta hace bien poco por ser punta de lanza en la transición hacia una movilidad más benigna con la ecología -lo cual creo que tampoco es completamente cierto- a ser salvajemente destruidos por oposición a la ideología de Elon Musk, el dueño de la marca. La disonancia cognitiva es que los coches vandalizados ya no pertenecen a Elon Musk, sino a una gente que se compró el coche. Y algunos de ellos seguro que son tan pijiprogres como el que más. La polarización y el comportamiento tribal es como una jornada de puertas abiertas en el frenopático.

La últimamente notoria «cultura de la cancelación» no es sólo un fenómeno de declaraciones comprometidas de personajes famosos o tweets de hace 15 años. Está presente en el día a día, en ese acuerdo tácito del grupo de amigos de no hablar de ciertos temas para no generar polémicas incómodas. En el temor de exponer la opinión propia por ser controvertida o contraria al pensamiento grupal. En el «mejor no hablemos de esto porque de acuerdo no nos vamos a poner de todas formas«. En la ausencia de honestidad intelectual, porque admitir favorablemente una opinión o un hecho contrarios al dogma grupal puede abrir una grieta en mi empalizada por donde se puedan cuestionar aspectos más fundamentales de mis convicciones, y eso sí que no. El talibanismo axiomático proporciona un muro de protección en ese engranaje fatuo de autoafirmaciones compartidas y correspondidas por mis pares dentro de mi grupo.

Graffiti Alley

Esas barreras emocionales que estos individuos usan como medida de protección y definen los límites en los que permiten divagar su pensamiento en derredor constituyen una reclusión mental que limita la flexibilidad intelectual y la apertura emocional necesaria para dar la bienvenida a opiniones opuestas -o simplemente diferentes. La jaula en la que se autoconfinan cercena su libertad intelectual y, como consecuencia, la diversidad de opiniones que son capaces de recibir con interés. La intolerancia que exhiben ha de ser, pues, un resultado esperado. En los casos más benignos, el pensamiento crítico no puede estar, ni se le espera. En los peores casos, sin embargo, la deshonestidad intelectual promueve comportamientos nocivos y beligerantes con el disidente. Véase (sarcásticamente) el Frente Popular de Judea. Un corolario de esa intransigencia emocional es lo fácilmente que se ofenden algunas personas hoy día. En mi caso coincido con lo que el ínclito John Cleese opina al respecto:

Edificar esa empalizada creo que simplifica enormemente la vida, porque esa frontera imaginaria de facto divide el universo entre lo que queda dentro y lo que no. Habilita una actitud binaria ante la vida: o estás conmigo (dentro) o contra mí, sólo existen esas dos posibilidades. Y, de pronto, cualquier conversación casual puede tornar en una falsa dicotomía; pero la lógica establece que estar a favor de algo no significa necesariamente que estés en contra de lo opuesto. I.e., esto de aquí presenta aspectos que me parecen bien y esto otro, que aparentemente es su opuesto, también tiene puntos que sé apreciar y… ¿por qué no habría de ser así?. En el caso de Elon Musk opino que, dentro de su éxito indiscutible, es un farsante que puede llevar cometiendo fraude en la cuentas de Tesla desde al menos 2017. No es fundador de Tesla, sino que en un juicio contra los dos verdaderos fundadores de Tesla (Eberhard y Tarpenning, 2003) llegaron a un acuerdo para tener que llamarlo co-fundador (2009). La tecnología de conducción autónoma de Tesla no es sino un ADAS de nivel 2, pero él mismo fomenta que los conductores aparten las manos del volante al conducir. Y varias cosas más. Pero en mi caso, que yo me oponga a que se vandalicen los Tesla no me genera ningún apoyo hacia Musk. Reconocer que Biden era una marioneta senil no me convierte en Trumpista. Y así con todo. Yo lo veo muy normal y lógico; es un viaje emocionalmente plano. Y quizá ése es el fallo, que una actitud así no recompensa con ningún subidón de dopamina por autoafirmación, y eso puede ser un problema si acaso priorizas la satisfacción emocional antes que la satisfacción intelectual.

Estatua Socrates Academia Atenas

Esa sucesión de falsas dicotomías son, justamente, lo opuesto al pensamiento crítico: albergar la duda en nuestras propias convicciones y superarla mediante el continuo aprendizaje y el diálogo con posturas opuestas. O, llegado el caso, no superarla, y entonces cambiar de opinión una vez hemos sido expuestos a mejores argumentos que los que teníamos. ¿No es la evolución de nuestra mente para adquirir nuevas cotas de sabiduría y estabilidad, esa búsqueda quasi-Nietzscheciana del super-yo, un objetivo que nos deberíamos marcar todos? Por supuesto, en función de nuestras propias posibilidades; no competimos con nadie sino con nosotros mismos. Pero la capacidad -siquiera teórica- de poder cambiar de opinión se menoscaba cuanto más alto es el muro de convicciones que edificamos. Es la paradoja de la fortaleza, que nos protege pero simultáneamente nos confina a ser prisioneros de ella misma. Uno no abandona un fuerte así porque sí.. ¿para qué lo hemos construido entonces? El conocimiento inútil, la educación, la contemplación y el pensamiento crítico pueden ser, pues, etapas para adquirir la libertad intelectual.

seagull sunset

Me resulta muy curioso constatar que, en aquellos tiempos de juventud e ideales utópicos, un tema recurrente en la literatura y música de los movimientos progresistas con los que yo simpatizaba era la libertad. La libertad del individuo frente a la opresión de los gobiernos autoritarios. Las cintas de casete de Quintín Cabrera, Víctor Jara, Autahualpa Yupanqui, Silvio Rodríguez, … estaban repletas de cantos a la libertad. La libertad como medio ineludible -e inexcusable- para la realización del individuo. La anarquía, la revolución, Buenaventura Durruti… más progresista no se podía encontrar. Pero algo pasó en los últimos años que el concepto de libertad parece haber cambiado de bando. Y puede ser porque gobiernos de marcado carácter progresista llegaron consistentemente -y recurrentemente- al poder ejecutivo. Y algunos establecieron políticas muy restrictivas a la ciudadanía pero, por supuesto, en pos del bien común, vaya. Lo mismo que curiosamente también decían en su momento Videla, Pinochet, Stroessner, Franco,… «por el bien común, me veo obligado a cercernar tus libertades«. En la pandemia del COVID se dio el sorpasso: los gobiernos más progresistas establecieron los confinamientos más brutales (España, Argentina, Nueva York, California…) mientras que los gobiernos conservadores fueron más laxos (e.g. Texas, o Florida, que es donde yo pasé la pandemia) y delegaron más en la responsabilidad individual respecto al colectivo. Con perspectiva, ahora me doy cuenta de que en aquellos casetes quizá no se cantaba tanto en pos de la libertad del individuo sino en contra de las dictaduras de derechas. Pero pareciera que si los regímenes eran de izquierdas, oye, pues ni tan mal. Como nos enseña la enorme Luciana Ofman -creadora de Argentina Polenta- hay dictaduras… y dictaduras. O el famoso cantautor Pablo Milanés, una vez bandera de la Revolución Cubana y que tuvo que abandonar, desencantado, su Cuba querida hastiado de un régimen totalitario que encarcelaba a sus ciudadanos. O como el mismo Orwell expone en ese libro maravilloso «Rebelión en la granja» (que no es sino una crítica feroz de la deriva autoritaria del régimen soviético en general y de Stalin en particular): «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros«.

Isaac Asimov Education isn't something you can finish
Credit Mark Mathosian CC 2.0

No nos atrofiemos, sigamos evolucionando juntos. Si lo piensas, sólo el disidente puede enriquecer nuestra perspectiva. Sigamos aprendiendo. El eminente científico y filósofo Isaac Asimov dijo que «la educación no es algo que puedas terminar«. Yo creo que sí, pero sólo en el caso en que te haya consumido el dogma. No hay nada que personalmente me estimule más que alguien que me haga cambiar de opinión a través de unos argumentos bien fundamentados. Aunque creo ser duro de roer en una conversación, con el tiempo he aprendido a ser muy permeable a las opiniones opuestas, y no me ofendo fácilmente. Es más, no me divierten nada las conversaciones banales. Dejemos de ser políticamente correctos y expresémonos. Si ambos interlocutores abrazásemos esa idea, las conversaciones casuales se volverían realmente interesantes. Es muy fácil: ¡basta con no ofenderse!. Hazme cambiar de opinión. Por favor, enséñame algo nuevo hoy.